Todo eso a lo que renunciamos por conseguir un empleo - La Patria Grande

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lunes, 11 de junio de 2018

Todo eso a lo que renunciamos por conseguir un empleo


Reseña de la película Il posto, de Ermanno Olmi

El asombrario

Un retrato maestro de la vida de los desfavorecidos y sus magras perspectivas frente al mundo fagocitador de la empresa. Hoy les quiero recomendar una de las grandes obras del cine italiano, quizás inmerecidamente desconocida, pero que no deberían perderse si quieren añadir a su experiencia cinematográfica una joya más. El empleo (Il Posto, 1961), del director de otras maravillosas películas como El árbol de los zuecos o El oficio de las armas, Ermanno Olmi, fallecido hace un mes.

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” (Génesis 3-19)


Un fotograma de la película ‘Il Posto’ de Ermanno Olmi.

¿De qué depende que el trabajo sea una carga penosa y doliente o el instrumento indicado para crecer y desarrollarse en libertad y justicia? En esta sociedad, precaria en igualdades y oportunidades, el concepto de trabajo y el de empleo la mayoría de las veces se dan de bruces. La falta de recursos y posibilidades en nuestro ordenamiento económico no parece ser precisamente el lugar más propicio, ni halagüeño, para el desarrollo intelectual y espiritual del individuo, sino que más bien le deja poco espacio ante la necesidad acuciante de encontrar, entre tan escasa oportunidad y el hundimiento de la meritocracia, cierta dignidad a través de un empleo (que no un trabajo). 

La historia, escrita por Olmi junto a Ettore Lombardo, relata, casi en forma de documento, el episodio y las circunstancias del joven Domenico (Sandro Panseri), primogénito de una familia obrera de un pequeño pueblo cercano a Milán, sumida en problemas financieros. Por necesidad Domenico se dirige a Milán, desde su pequeño pueblo, para conseguir un trabajo en lugar de continuar su educación. La falta de opciones le obliga, tras superar un examen y unas pintorescas pruebas psicotécnicas, a acceder a la tarea de mensajero en una gran empresa, donde espera recibir una promoción pronto. Allí, Domenico se encuentra con una joven en una situación similar a él (Loredana Detto). Los dos entablan una relación romántica, pero la naturaleza deshumanizada de la empresa y la suerte incompatible de sus trabajos les conmina, casi sin remedio, a permanece separados. Domenico se encontrará atrapado entre dos pesadas esperas, la de su promoción laboral y la de la oportunidad de encontrar a la chica que ha revolucionado su adolescente corazón.

Cuando el neorrealismo parecía superado como género cinematográfico, El empleo se alza como el ejemplo, al que algunos califican como neorrealismo tardío, de que el verismo aún tiene mucho que mostrar y que es parte esencial de la cultura en sus múltiples representaciones, antes, ahora y siempre.






La simplicidad es la máquina que mueve esta humilde y maravillosa historia. La aventura de quien se encuentra en el peldaño más bajo de la escalera burocrática en la gran empresa sin rostro y por tanto sin alma. Pero tal sencillez, magníficamente fotografiada por obra de Roberto Barbieri y Lamberto Caimi, con mayoría de secuencias cámara en mano, no carece de la lírica, ni siquiera de cierta hilaridad ni del desarrollo sucinto de los comportamientos psicológicos. La mirada brutal sobre la sociedad que se enfrentaba a una Europa de posguerra y la triste realidad a la que se aboca una sociedad rota, que se columpia entre la necesidad de recuperación y la esperanza de un futuro mejor. Nada que hoy no conozcamos bien.

La vida cotidiana se escruta religiosamente tanto en lo material como en lo espiritual y moral en esta gran obra maestra, observando las vidas de los desfavorecidos y su perspectivas frente al mundo corporativo y su impacto fagocitador. El alto precio a pagar para pertenecer a esas compañías cuyo trayecto y caminos se alejan, casi siempre, de los sentimientos, de los proyectos del corazón.

Maravilloso el trabajo y la naturalidad de sus actores, desconocidos, la mayoría no profesionales, en especial el de su protagonista Sandro Panseri, a través de cuyos ojos, abiertos y perdidos pero inquebrantables, conocemos las decepciones a las que un joven se encara en su odisea hacia el mundo adulto. Una mirada útil para reflexionar también sobre nuestro presente.


https://www.rebelion.org/noticia.php?id=242681


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